La cruz de San Andrés

Actualizado: 18 de dic de 2020


Salas e Ignacio Alfaro, con los Romeo 37 al fondo.


Había amanecido una mañana brumosa en Bello. El vapor de agua que se levantaba de la laguna de Gallocanta creaba una imagen casi mágica en los alrededores del campo de vuelo, donde se habían concentrado los “Grupos de la Caza de la Aviación Nacional”, como el bando de Franco los denominaba. Una larga línea de biplanos Fiat CR.32 “Chirri” ocupaba la margen derecha de la carretera de Cubel. Los pilotos de los grupos 2-G-3 y 3-G-3, descansaban alrededor de una pequeña edificación que hacía las veces de cuerpo de guardia y puesto de mando. Era el 31 de mayo de 1938.

El capitán Javier Murcia, con el uniforme de vuelo, estaba sentado con tres tenientes, el belga Rodolphe de Hemricourt, Manuel Vázquez Sagastizábal y Julio Salvador. El capitán Ángel Salas estaba dentro revisando algunos de los partes del día anterior y comprobando la posición del frente que se acababa de romper. Pronto llegarían al mar Mediterráneo.

Apoyados en la pared, junto a una ventana, se encontraban el alférez Gregorio García de Juan y el teniente Ignacio Alfaro.

- Tengo ganas de volar -comentó de Juan, mirando distraídamente la línea de aviones.

- Hoy volamos seguro, estamos a punto de romper el frente en Castellón -contestó Ignacio con convicción.

- Estos días atrás casi no hemos visto Ratas en nuestras escoltas.

“Rata” era la denominación comúnmente usada en su bando para el caza republicano Polikárpov I-16, que sus pilotos llamaban “Mosca”.

- Si, ya va siendo hora de estrenarnos con algún derribo -se impacientó Ignacio, mirando con cierta envidia al grupo sentado alrededor del capitán Murcia, donde todos tenían ya victorias.


Mientras tanto, los pilotos del otro grupo hablaban de la ofensiva del Ebro y los brillantes resultados que habían obtenido. El 9 de marzo de 1938, el Ejército del Norte nacional había emprendido la más brillante ofensiva de la guerra, que le llevaría al Mediterráneo en 38 jornadas, y que rompería la línea del Ebro. La caza gubernamental había perdido en solo cinco días todos sus aeródromos al sur del río, teniendo que retirarse a las bases de Cataluña el 22 de marzo. Desde finales de abril, los bombardeos se habían concentrado en todo el litoral del Levante, desde Cartagena hasta Castellón. En algunos momentos, la Aviación Nacional había concentrado hasta cuarenta bombarderos He 111 en Armilla para bombardear el litoral hasta Alicante. Varias escuadrillas del Grupo Ansaldo operaban los biplazas italianos Romeo 37 en misiones de reconocimiento y apoyo a las tropas en la línea de frente, desde el Maestrazgo hasta Segorbe.

Cuando los bombardeos del Levante estaban en su máximo, los grupos de García Morato y Salas recibieron nuevos aviones para organizar una Tercera Escuadrilla, momento en que se incorporaron De Juan y Alfaro.


El sol había empezado a calentar. Los mecánicos habían terminado sus trabajos en los aviones y se dirigían a la cantina para tomar algo de comer. La bruma se iba disipando y dejaba entrever las lomas al este, cubiertas de nubes bajas. Un coche se acercaba entre una nube de polvo en el mismo momento en que el capitán Salas salía corriendo del puesto de mando, acompañado por el alférez Muerza.

-Salimos todos -gritó Salas-, nos vamos a Castellón.

Los hombres, que estaban listos desde que terminaron su desayuno antes de las ocho de la mañana, corrieron a sus aviones. Los mecánicos también se apresuraron para dar la salida a los ocho aviones que estaban listos en alerta, y para preparar a los otros seis que permanecían de reserva. Del coche se bajaron los pilotos de reserva que habían pernoctado en el pueblo.

Eran las nueve y cuarto de la mañana cuando los seis primeros aviones emprendían la carrera de despegue, seguidos de otros dos a pocos metros. En la primera cuña iban Salas, Muerza y Alfaro, mientras la segunda estaba mandada por Murcia, con Julio Salvador a un lado y el alférez De Juan al otro. La letal pareja que les seguía estaba mandada por Manuel Vázquez Sagastizábal y Rodolfo de Hemricourt.

Los ocho cazas viraron por la derecha hacia el sureste. Tenían que escoltar a un grupo de He 111 con los que se reunirían sobre Teruel.

Ascendieron a cinco mil metros. La patrulla de Salas volaba a la izquierda, mientras la de Murcia había quedado ligeramente abajo y a la derecha. Vázquez Sagastizábal y Hemricourt volaban algo retrasados y más altos.

Aunque la visibilidad no era muy buena, a su derecha podían ver, entre una capa de estratocúmulos muy rotos a baja altura, la carretera de Zaragoza a Teruel. La bruma lechosa llegaba hasta los cuatro mil metros.

Cuando pasaban sobre Santa Eulalia, Muerza, que iba a la izquierda de Salas, comenzó a alabear y, al momento, viró por encima de sus dos compañeros y se tiró en un fuerte picado. Salas y Alfaro le siguieron y, tras ellos, a corta distancia, De Hemricourt y Vázquez Sagastizábal.

La otra formación comenzó un suave viraje a izquierda, mientras descendían levemente para observar y unirse al grupo si fuera necesario.


Pilotos del 2-G-3 y 3-G-3 en alerta en su base.


Los primeros Chirris habían acelerado hasta unos 320 km/h y vibraban en el picado. Salas había armado sus ametralladoras y seguía a Muerza, tratando de encontrar los aviones enemigos. El teniente Alfaro se había abierto ligeramente al sur y les seguía a muy corta distancia, buscando también en la dirección del picado.

Cuando se acercaban a los tres mil metros pudieron ver entre la bruma una formación de seis aviones biplanos con el morro bastante ancho. Parecían “Curtiss” (así es como los pilotos de la aviación nacional apodaban a los cazas de origen soviético Polikárpov I-15, que los republicanos llamaban “Chatos”). Mientras Vázquez y Hemricourt armaban sus ametralladoras, Murcia observaba desde arriba, preparado para iniciar el picado.

Los biplanos no se habían dado cuenta de su situación y seguían volando hacia el oeste. Muerza comenzó a abrirse hacia el este para convertir sobre el más rezagado. Salas seguía a su izquierda, mientras Alfaro se había adelantado ligeramente en el picado, a la derecha de Muerza. Pensando que podía ser su primer derribo, fijó la vista en el avión que le correspondía, que era el situado más la norte, ligeramente a la derecha de la segunda formación. Mientras se acercaba a gran velocidad, se dio cuenta de que la cola de su objetivo parecía estar pintada de blanco. Aún no se apreciaba del todo bien, pero casi estaba seguro de poder distinguir la cruz de San Andrés formando una fina aspa negra sobre el fondo blanco del timón. ¡Eran de los suyos, iban a derribar a un grupo de aviones propios!

El teniente Ignacio Alfaro aceleró cuanto pudo hasta los 340 km/h y se cruzó por delante de Muerza y Salas virando a la izquierda mientras alabeaba para llamar su atención. Salas se acababa de percatar de la posible confusión, y la imagen del Chirri de Alfaro alabeando se lo confirmó: era una formación de Romeo 37 que volvían del frente. Como líder del grupo, Salas adelantó a Muerza, se colocó paralelo a Ignacio Alfaro y comenzó a alabear fuertemente, tirando hacia arriba. Hemricourt y Vázquez Sagastizábal no dudaron ni un momento y, al poco, Muerza también seguía a Salas en ascenso.

El teniente Alfaro, pensativo y orgulloso de haber evitado un serio incidente de fuego amigo, se colocaba abierto a la derecha de Salas mientras ascendían. En un instante miró hacia abajo y pudo observar cómo el artillero de cola del Romeo 37 que él había planeado derribar saludaba efusivamente, mientras alguno de los aviones de su escuadrilla alabeaba suavemente para saludar a sus cazas.

El artillero de cola del último avión del Grupo Ansaldo (4-G-12) era un bisoño alférez, llamado Emiliano José Alfaro Arregui. Los Romeo 37 del Grupo Ansaldo habían llevado a cabo una difícil misión de apoyo en el frente de Castellón, y volvían a su base con la misión cumplida y sin ninguna baja. El alférez Emiliano Alfaro saludaba a los Fiat, sabedor de que eran la escolta de los aviones de la Legión Cóndor que iban a bombardear Castellón. Lo que no podía saber es que los cazas amigos habían estado a punto de derribarlos, y lo que tampoco sabrían nunca ninguno de ellos, es que el Chirri que iba a disparar a su Romeo 37 estaba pilotado por su hermano Ignacio.

Los Romeo realizaron una enorme labor durante la campaña del Ebro y del Levante, siendo el grupo Ansaldo una pieza clave en las misiones de apoyo a las tropas de primera línea y desarrollando, sobre todo, una esencial labor de reconocimiento de la retaguardia.

Emiliano Alfaro completó más tarde el curso de caza, incorporándose al 2-G-3 de Salas, donde volaba su hermano, en febrero de 1939.


* * *


Los catorce Chirris, ya reunidos sobre Teruel, esperaban las formaciones de bombarderos He 111 para escoltarlos hacia Castellón.

Los bombarderos de la Legión Cóndor llegaron puntuales al punto de reunión y, a pocos kilómetros de Sarrión, aparecieron 22 Curtiss (I-15 Chato), y 22 Ratas (I-16 Mosca). El combate comenzó de forma inmediata.

En el primer cruce, Hemricourt, que iba de punto de Vázquez Sagastizábal, quedó combatiendo con dos Curtiss, derribando a uno de ellos mientras su compañero, el teniente Sagastizábal, despachaba a otro. Los Curtiss se habían separado del grupo e intentaron subir a por los Chirri, por lo que estaban con menos energía. En la segunda oleada de Chirri se encontraban el teniente Julio Salvador y el teniente Rafael Simón. Había Curtiss por todas partes. Mientras tanto, las escuadrillas de Mosca habían subido a por las formaciones de Salas y Murcia, que aún se encontraban por encima de los cuatro mil metros.

Uno de los Chirri fue alcanzado por un Mosca, y el piloto se lanzó en paracaídas, cayendo en su zona. Llevaban más de quince minutos de combate, en tres grandes pelotas de cazas, cuando Julio Salvador aprovechó que dos Curtiss perseguían a Rafael Simón desde abajo. Derribó primero al más retrasado y luego siguió evolucionando hasta derribar al otro, dejando libre la cola de su compañero Simón. Los seis aviones de Salas evolucionaban contra un grupo de ocho Ratas, a los que se unieron varios Curtiss. Murcia derribó uno de los Curtiss, y siguió virando contra los I-16. Mientras tanto, Salvador y Simón, que se habían separado hacia el sur, volvieron al combate, derribando un Curtiss cada uno en el primer cruce. Había pasado más de media hora del comienzo del combate. Los bombarderos ya habían soltado su mortífera carga y volvían a su base sin ser molestados. Ocho de los Chirri seguían enzarzados con doce Ratas, cuando Salas viró hacia el sur para encarar una formación de I-15. Justo después del cruce, el capitán Murcia consiguió su segundo derribo sobre otro Curtiss.



Romeo 37 en Tablada en 1938.


Salas había quedado en inferioridad y había perdido contacto con uno de sus puntos, que era el teniente Alfaro. Tres Curtiss consiguieron impactos sobre el Chirri de Salas, que quedó gravemente dañado y tuvo que volver a la base. Le siguieron Murcia y Vázquez Sagastizabal, y a unos kilómetros, Alfaro y Muerza, que fueron interceptados desde arriba por cuatro I-16.

Muerza consiguió un derribo sobre un I-16 Rata, continuando hacia el norte, y el teniente Julio Salvador, que se había quedado solo, derribó otro Rata que quedó rezagado tras el combate contra Muerza.

Llevaban más de una hora combatiendo cuando llegaron seis Bf 109 de la Legión Cóndor. Los Curtiss ya hacía tiempo que volvían a sus bases con rumbo hacia el noreste, pero un grupo de I-16 seguía en la zona, tratando de hostigar a los Chirri.

Algunos aviones del bando gubernamental decidieron escapar de los alemanes, pero la formación más rezagada consiguió derribar a uno de los Messer, cuyo piloto, el teniente Losigkeit, fue hecho prisionero, no siendo liberado hasta el final de la guerra.

El combate en las cercanías de Sarrión fue uno de los mayores de toda la guerra civil. Ocho Curtiss y dos Rata fueron derribados aquel día. El teniente Julio Salvador, con cuatro derribos en poco más de media hora, se convirtió en leyenda, aunque unos meses más tarde sería derribado él mismo sobre el Ebro, pasando el resto de la guerra como prisionero.

Para los hermanos Alfaro fue un día de suerte que podría haber acabado en tragedia... de no ser por la cruz de San Andrés.


Bibliografía: Guerra Aérea 1936-1939 Jesús Salas Larrazabal.

Revista Aeroplano numero 29

Hakan Aviation 1938



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