LA ULTIMA CADENA


Henschel 126 del teniente Vogel en la carretera de Collado 1939


El teniente Vogel estaba sentado con varios compañeros en la cantina para pilotos que se había instalado en el palacio de Barcience. El aeródromo en las inmediaciones de Torrijos estaba repleto de aviones, preparando la ofensiva final de la guerra civil. Las unidades de la “Legión Cóndor” contaban con los Bf 109E y con una unidad de bombardeo y reconocimiento a la que pertenecía el teniente Vogel. Era una escuadrilla de Henschel 126, apodados en España “Superpavas”.

Desde que volvieron de Cataluña el 10 de febrero de 1939, una vez terminada la guerra allí, la situación se había vuelto muy aburrida. Vogel solo había volado una misión de reconocimiento al norte de Toledo, y su unidad se había limitado a once servicios en cuatro días.

Las Superpavas llevaban solo cuatro meses en la guerra, Vogel tenía la sensación de haber llegado al final de la fiesta. Los reconocimientos eran aburridos, los aviadores republicanos ya no volaban, y la acción consistía en fotografiar las trincheras del río Manzanares y del oeste de Madrid.

Recordaba con nostalgia aquellas misiones de ametrallamiento y bombardeo sobre las tropas de la línea Reus-Tarragona, a principios de enero, cuando en alguna ocasión se encontraron con cazas enemigos, que rápidamente eran acometidos por los Fiat “Chirri” españoles o italianos, o por sus compañeros de los “Messer”. El oficial de mantenimiento de la Legión Cóndor en Barcience hablaba español perfectamente desde antes de la guerra. Era el capitán Wieland.

-La guerra se esta acabando. Dicen que los rojos quieren negociar -comentó Wieland.

Ya lo tienen difícil, pero siguen combatiendo. Parece que esperan un milagro -contestó Vogel.

-He oído que ha habido un golpe de Estado, el ejército regular y las milicias quieren capitular. Los comunistas siguen fieles al Gobierno, y hay enfrentamientos entre estos y las fuerzas de Miaja en Madrid -aseguró el capitán.

-Lo que les faltaba -contestó Vogel, saludando al teniente Lucht, que acababa de entrar a toda prisa.

-Tenemos misión de bombardeo -informó Lucht- están preparando los aviones.

-¿Cuántos aviones? -preguntó Wieland.

-Todos. Chicos, tenemos que prepararnos, tengo las coordenadas del ataque. Preparad vuestro equipo y nos vemos en la sala de mapas en cinco minutos. -Lucht engulló un trozo del bocadillo de Vogel, y se sirvió un trago de vino para hacerlo pasar.


A los veinte minutos, los siete aviones operativos estaban despegando, con los cañones listos y una bomba cada uno.

* * *


En las trincheras que defendían el Cerro del Águila, en la Casa de Campo de Madrid, el miliciano Feliciano Colomer fumaba un cigarrillo mientras hacía guardia en su nido de ametralladora Maxim. La trinchera recorría la ladera oeste del cerro. En la parte alta tenían un búnker con una ametralladora Hotchkiss, y desde la línea de trinchera, al norte del búnker se abría una avanzadilla con tres puestos en forma de pata de gallina. A unos 100 metros de la línea de trincheras se habían dispuesto dos líneas de alambradas.

Colomer estaba muy cansado, y casi todos los milicianos se encontraban bastante desmoralizados. Tres días antes, Colomer, que estaba de permiso en Madrid, se unió a la 44 Brigada Mixta del Mayor Ascanio, que había abandonado su posición en el Cerro de los Ángeles para combatir contra las fuerzas del teniente coronel Casado. La lucha en Madrid fue encarnizada, pero los comunistas perdieron la mayor parte de los envites. Ahora, las unidades que defendían Madrid en el oeste tenían que preocuparse de las tropas de Franco y de que no les llegara ningún ataque de Miaja desde el Parque del Oeste. Estaban rodeados entre dos frentes y la resistencia era casi imposible, pero el río Manzanares era una buena línea de defensa en el este, y la del Cerro del Águila era la mejor guarnecida de la Casa de Campo. Venderían cara su piel.

Al otro lado de las trincheras, en el puesto de mando de la 16ª División del Ejército nacional, el coronel Losas, jefe de la división, se reunía con los coroneles Alberto Caso, y Joaquín Ríos. Les había llegado una información de la quinta columna sobre los combates entre las unidades comunistas y los anarquistas.

-Tal como están las cosas es imposible que mantengan las defensas guarnecidas -el coronel Losas estaba proponiendo un ataque de tanteo que les podía llevar hasta el corazón de Madrid.

-Los desertores republicanos lo confirman, he interrogado a uno de ellos -Ríos se mostraba favorable a la operación.

-Pero la orden de Franco es entrar en Madrid sin combatir, habría que informar - Caso era partidario de esperar.

-Vamos Caso, ya estamos combatiendo todos los días en la Casa de Campo y en Zarzuela, podemos acabar esta guerra y ser los primeros en entrar en Madrid ¿Crees que a Franco le va a parecer mal? -Losas lo tenía muy claro, no quería perderse la gloria de ser el primero.

-Mi coronel, estoy esperando ordenes para mi regimiento.

El teniente coronel de Regulares Ramón Lloro apareció en la puerta, muy borracho. Todavía no había amanecido.

-Aún no tenemos ordenes ¿Cómo se atreve a presentarse en ese estado? -Losas levantó el tono de voz. Estaba muy enfadado, ese hombre era de su unidad.

-¿Qué estado? - preguntó Lloro arrastrando las sílabas.

-Entregue inmediatamente el mando, y retírese hasta nueva orden, está usted bajo arresto -Losas cruzó una mirada con su capitán de plana mayor.

Al amanecer, el teniente coronel cruzó las líneas enemigas por la zona del lago de la Casa de Campo, completamente borracho y sin control sobre sus actos. Ni siquiera él sabía que se acababa de pasar al enemigo. Los milicianos estuvieron a punto de disparar, pero vieron que no iba armado, le oyeron farfullar frases inconexas, sobre un ataque inminente. No sabían qué hacer. Lo llevaron ante el jefe de Estado Mayor de la 53ª Brigada Mixta, el teniente Eduardo Aguenralde.

Una hora más tarde, en la pata de gallina del miliciano Colomer, éste observa cómo las tropas franquistas han cortado la primera alambrada y están infiltrándose hasta la segunda, en la que han conseguido abrir una brecha.

Al grito de “¡Nos atacan!”, su ametralladora empieza a escupir fuego en dirección a la brecha. Los hombres apostados en los tres puestos de la pata de gallina comienzan a disparar sus fusiles y a lanzar granadas.

Un segundo grupo de refuerzo se acerca para abrir otra brecha en la alambrada. Son muchos hombres. La ametralladora Hotchkiss, que había tardado más tiempo en reaccionar, comienza a disparar sobre la segunda brecha.

Con las primeras luces, las tropas franquistas, que habían quedado frenadas en la segunda alambrada, se organizan para alcanzar por los flancos el búnker de la Hotchkiss. Es una escabechina, la brecha queda llena de heridos. Las tropas de la 16ª División deciden retirarse, quedándose algunos de los soldados para auxiliar a los heridos.

El mayor Lucio Bueno, jefe de la 53ª Brigada Mixta, ordena una salida para asegurar las defensas y reparar las alambradas. Lo que se encuentran es dantesco. Colomer no puede entender lo que ha ocurrido: con la guerra ganada, las tropas de Franco han sufrido un descalabro absurdo. Entre la primera y la segunda alambrada hay 35 muertos y 117 heridos, y los milicianos han hecho 52 prisioneros.

En total, las tropas franquistas han sufrido 515 bajas entre muertos, heridos y prisioneros en los ataques ordenados por los tres coroneles en Zarzuela, la Casa de Campo y Villaverde.


Búnker de ametralladora en la zona del Cerro del Aguila (Casa de Campo)


* * *


Cuatro días más tarde, las fuerzas comunistas en Madrid, acorraladas en Nuevos Ministerios, se rinden. El Partido Comunista reconoce la autoridad del Coronel Casado. La Brigadas que defienden la Casa de Campo son relevadas, y los hombres se integran en unidades mixtas.

El 18 de marzo, después de disfrutar de cinco días de descanso en Madrid, Feliciano Colomer es adscrito a las 44ª Brigada Mixta y se presenta en El Pardo.

Desde allí, la Brigada tiene orden de apoyar el repliegue de las unidades de defensa de la Sierra de Madrid.

Veinte camiones escoltados por varios vehículos ligeros salen a primera hora de El Pardo con dirección a Collado Mediano. Cinco camiones se quedarán allí para cargar armamento y munición procedente de varios puestos de observación.

Los quince camiones restantes continúan por la carretera de Manzanares con orden de recoger a la guarnición que se ha encargado de vigilar los altos situados entre el puerto de La Morcuera y La Pedriza.

La mayoría son soldados muy jóvenes de rostros curtidos por el frío y el implacable sol de la sierra.

-Míralos qué contentos -Colomer habla con el conductor del camión, mientras un grupo de milicianos sube-, cualquiera diría que han ganado la guerra.

-Estar vivo es ganar la guerra -murmura lacónicamente el conductor, un hombre de unos cincuenta años de ojos tristes y uniforme envejecido.

-Así es, amigo. Se acerca la paz, espero que el coronel Casado consiga una rendición honrosa -Colomer da una calada a su cigarrillo y se queda pensativo mientras cruza la mirada con un joven que seguro no llega a los veinte años. Toda la vida por delante.

-No habrá rendición honrosa -el conductor suspira-. Franco no aceptará otra cosa que no sea una rendición sin condiciones. No dejará un comunista vivo.

El hombre mira a Colomer. Se cruzan una mirada triste, como si Colomer le diera la razón resignadamente. El convoy comienza a moverse, un soldado les hace una señal y salta al camión, que arranca y sigue al resto.

A los pocos minutos se oye cantar a los soldados.


* * *


Vogel ocupaba la posición líder de la primera patrulla. Los siete Henschel 126 de la Legión Cóndor se habían dividido en dos patrullas: la primera de cuatro aviones en la ya clásica “Schwarm”, con dos parejas en la posición de los cuatro dedos de la mano; y la segunda con la habitual patrulla en cuña, un poco más retrasada.

A los quince minutos del despegue divisaban el puerto de Navacerrada. Su objetivo era hostigar los puestos de observación entre este puerto y La Morcuera.

Al llegar a Navacerrada, la primera patrulla pasó a una formación en pescadilla para realizar la clásica maniobra de “La Cadena”, un ametrallamiento continuado en carrusel de los cuatro aviones, mientras la segunda patrulla permanecía arriba, a dos mil metros.

Cuando el teniente Vogel se acercaba a las defensas del puerto, que conocía muy bien por sus numerosas misiones de reconocimiento, quedó desconcertado. Allí no había tropas.

Abortó la pasada y alabeó como señal. La segunda patrulla descendió, y las dos formaciones mantuvieron las posiciones en pescadilla mientras seguían la línea de cotas hacia el puerto de la Morcuera.

Observando cuidadosamente todas las cotas, haciendo eses y virajes a muy baja altitud, los alemanes no podían dar crédito. Desde Navacerrada a La Morcuera, las defensas de la sierra y los puestos de observación, que habían resistido con tenacidad toda la guerra, estaban abandonados.

Vogel se sentía decepcionado. Otro día sin acción... y probablemente sería la última misión.

Volvían siguiendo las cotas cuando a la altura del pico de Navahondilla, justo al norte de La Pedriza, el teniente decidió asumir un poco más de riesgo e internarse en la zona enemiga, al sur de la sierra.

Según se acercaban a Manzanares observó una columna de camiones militares en dirección suroeste, siguiendo la carretera a unos seis kilómetros del pueblo. Era un gran grupo de vehículos, contó unos veinte.

Su mente comenzó a atar cabos: los rojos estaban retirando sus tropas de la sierra para llevarlas a defender Madrid.

Por primera vez, Vogel utilizó la radio:

Vehículos enemigos al sur, atacamos.


Henschel 126 Superpava accidentado en Toledo despues del ataque (Francisco Andreu)


Sin mediar respuesta, se formó una pescadilla de siete aviones. Mientras que el piloto utilizaba su ametralladora MG17 y lanzaba su bomba de 50kg fijada al soporte exterior, el observador remataba a las tropas que huían con la Mg15 de 7,9 mm situada en el puesto trasero.

Una cadena de siete aviones, a baja velocidad y con una maniobrabilidad inmejorable, destruían sistemáticamente los vehículos que encontraban a su paso.

Colomer solo pudo ver cómo el camión que circulaba delante del suyo era sacado de la carretera por una explosión. Los supervivientes del vehículo huían despavoridos mientras un avión pintado de camuflaje tricolor y con la inconfundible cruz de San Andrés en la cola viraba hacia el norte. El artillero, en la cabina trasera, les disparaba mientras corrían.

Colomer saltó de la cabina del camión. Al sur, los hombres se escondían entre la vegetación de una chopera, a ambas orillas del rio Samburiel.

Corrió despavorido y, casi sin darse cuenta, se metió en el agua hasta la cadera. Cruzó el río entre gritos, lamentos y disparos mezclados con el aterrador zumbido de los motores.

En la otra orilla, en una pequeña pradera, el joven con quien había cruzado la mirada antes de emprender la marcha yacía en el suelo, convulsionando. Le habían alcanzado entre las costillas, y un gran charco de sangre se extendía a sus pies.

El veterano miliciano de la 53ª Brigada intentó ayudarle, pero se dio cuenta de que ya era inútil, el pobre muchacho se ahogaba en su propia sangre.

Al mediodía, Vogel aterrizó en Barcience. El parte de misión fue muy escueto: “Ametrallamiento de tráfico enemigo entre Collado y Manzanares”.

Habían causado 89 muertos y 63 heridos en la columna. Entre los muertos, el conductor del camión en el que viajaba Colomer, que explotó antes de que aquél pudiera saltar.

Diez días más tarde, el coronel Losas, jefe de la 16ª División, se reunía con el coronel Prada en la Ciudad Universitaria. Prada le entregaba Madrid. La guerra había terminado.

El Henschel 126, Superpava para los españoles, tuvo una corta vida operativa en la Luftwaffe durante los primeros años de la 2ª Guerra Mundial, siendo sustituido por el bimotor ligero Fw 189 como avión de reconocimiento en 1941. En el Ejército del Aire sobrevivieron tres ejemplares hasta 1952.


Bibliografía:

J.M. Sales Lluch y J.C. Salgado Rodríguez, Henschel Hs 126 en España (Aeroplano Nº 33).

Pedro Corral, La última batalla de la guerra… la ganaron los republicanos. (El Mundo, 22-2-2019).

Ángel Bahamonde Magro, Madrid, 1939: La conjura del coronel Casado (Historia).




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